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En los lindes del bosque y hierbazales, se frota cada mañana el sexo con hojas -aprecia el olor del toronjil- salpicadas con cristales licuables, rica herencia, bendición de las neblinas. Una idea cruzó su mente como un rayo y se dio cuenta que ella era ella. De repente se detuvo y empezó a observar toda aquella nueva y flamante presencia. Con la cara gacha observó la parte delantera de un cuerpo que crecía arriba, espigado como el bambú que se adapta al viento, nervudo y a la vez flexible. Movió los dedos de los pies y un escalofrío subió materia anhelante para levantar los brazos y encarar las manos al cielo. Quién era el envoltorio que la definía? Un estremecimiento erizó su pelusilla y en un arrebato de entusiasmo corrió hacia el álamo de corteza blanca caído dentro del lago. Sentada en el tronco, columpió las piernas con los pies tocando y salpicando el agua helada, disfrutaba del momento, el instante llamado: ahora. Miraba el líquido reluciente y advertía como el vaivén de los movimientos obedecía sus deseos... y se maravillaba! Aunque a menudo se difumina el reflejo, de nuevo regresa la imagen. Se abrazó los hombros, toda ella, para afirmarse en una sola cosa. Se mira y, profundamente extraña, reanuda nuevamente la aventura... (del libro Bra, labios negros)
 
 
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